Me contactó un cliente porque quería desarrollar una aplicación.
—¿Qué necesitas?
—Algo sencillo, como Uber.
—¿Para pedir taxis?
—Sí, pero también comida, mandados, paquetería y que tenga inteligencia artificial.
—¿Cuál es tu presupuesto?
—500 pesos. Pero si queda bien, después hacemos más proyectos.
Le expliqué que solamente publicar una aplicación en las tiendas podía costar más que su presupuesto.
Se quedó pensando y me dijo:
—Bueno, entonces primero hazme la versión gratis.
Y así descubrí que el cliente no quería un Uber. Quería un milagro con interfaz gráfica.